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Cuando
Zidane acaba soltando dos patadas sin venir a cuento, recordando su
peor etapa en la filas de la Juve, es que algo marcha mal, muy mal en
el Madrid. El título más deseado, el que se le resiste al club de
Chamartín desde hace once años, acabará por sexta vez en las vitrinas
del Real Zaragoza. Y no puede ser más justo. Los maños se
sobrepusieron al golazo de Beckham, al 'zapatazo' de Roberto Carlos y
a la expulsión de Cani, y acabaron dando un baño táctico y físico al
equipo que pasa por ser el mejor del mundo. De momento, ya sabemos
algo: no habrá triplete. Y si me apuran, conocemos algo más: peligra
el 'doblete' y hasta la consecución de algo que llevar a la diosa
Cibeles.
Se podrá argumentar que faltaban Ronaldo y Casillas, pero César poco
pudo hacer en los tantos encajados. En cuanto al brasileño, su
ausencia no hace más que confirmar la escasez de efectivos de un
conjunto que acabó un partido de 120 minutos con un solo cambio. Y
tiempo habrá de hablar de la terquedad de Queiroz en repetir la
fórmula que tan pocos frutos dio ante el Bayern. Lo más triste es que
quizá no le quedaba otra.
Pero hablemos del Zaragoza. Partía como víctima propiciatoria y ha
acabado 'merendándose' a un rival encopetado que no fue mejor ni con
un hombre más. Su partido rozó la perfección. Sólo cabe reprocharle su
salida timorata, esa tan 'europea' que permite al Madrid campar a sus
anchas y someter sin problemas a rivales que salen casi listos para el
descabello. Por un instante, los maños dieron la impresión de 'tirar'
la final de antemano.
Despertar maño
Pero fue un espejismo. El golazo de Beckham -que por fin acertó a 'enchufar'
una falta- les obligó a cambiar de esquemas y las primeras escaramuzas
demostraron un dato que va camino de la categoría de axioma: la
defensa madridista es una verbena; usted compre una papeleta que hay
premio seguro.
Total, que en un pispás el Zaragoza le dio la vuelta a la tortilla con
un buen gol de Dani y un claro penalti de Guti a Villa que el mismo
jugador asturiano se encargó de transformar. Los regalos defensivos
que precedieron a los tantos merecen un libro, así que lo dejo a
discreción del erudito de turno.
Pero como la buena estrella del Madrid parece -parecía- infinita,
Roberto Carlos tardó tres minutos en ahogar los cánticos de la
hinchada maña tras la reanudación. El gol, claro está, llegó a balón
parado, porque el partido de los teóricos delanteros blancos fue para
enmarcar. Mención especial para Raúl, que -y sé que es duro decir esto-
empieza a vivir de la rentas.
Ni contra diez
La fortuna quiso que Cani pagara su inmadurez con dos amarillas en un
minuto. Faltaba un mundo y el partido se le ponía de cara a los
madridistas, pero ni por ésas fueron mejores. De ahí al final del
tiempo reglamentario la única ocasión fue para Galletti, que
desaprovechó una asistencia de Savio tras un jugadón del brasileño,
que realizó un partido antológico.
El final de la historia es conocido. Guti se fue a la calle a los seis
minutos de la prórroga, Zidane rozó el gol en el único disparo
reseñable del Madrid que no fue a balón parado -Beckham estrelló un
balón en el poste de falta- y Galletti se sacó de la chistera una
extraña parábola para superar a César cuando el choque agonizaba. Lo
peor, la impotencia blanca. Zidane debió irse a la calle -por dos
veces- y Portillo se revistió de portero de discoteca.
Ahora falta saber cómo afectará este 'palo' tremendo a las huestes de
Florentino. En el año del triplete, la nave blanca tiene visos de
hacer aguas. |